A lo largo de los siglos las alfombras se han convertido en piezas muy apreciadas tanto por su utilidad, como por su belleza.
La tradición de tejer alfombras es antiquísima y común a gran parte de países del mundo.
En algunas culturas, como la islámica, no sólo cumple una función estética sino que también es parte fundamental de su cultura y de su religión. El suelo es considerado algo impuro y las alfombras los protegen de él.
La mayoría de las alfombras orientales que conocemos reciben su nombre de las poblaciones en las que comenzaron a fabricarse.
Así, por ejemplo, nos encontramos con Usak y Kars en Turquía; Nain y Tebriz en Irán o Bukhara y Karachi en Pakistán y así hasta enumerar más de un centenar de variedades de alfombras.
Hay otras que toman su nombre de vocablos de la zona como es el caso de las llamadas Yoruk, termino que hace referencia a la palabra utilizada en Turquía para designar a los nómadas.
Una gran parte de estas alfombras están realizadas mediante la utilización de la lana y el algodón. La seda, el pelo de camello, el de cabra y el de caballo son menos frecuentes. El uso tan extendido de la lana se debe, en gran medida, a su fácil disponibilidad así como a su bajo coste y su capacidad para guardar el calor. La seda, por el contrario, es el más caro por lo que se emplea para los trabajos más elaborados
Países como Turquía, Irán, India o China han exportado al resto del mundo sus magnificas creaciones.